Nutrición y redes sociales: cuando comer sano se convierte en una cuestión de apariencia

Las redes sociales se han convertido en una de nuestras principales fuentes de información sobre salud, alimentación y bienestar. Instagram, TikTok y otras plataformas permiten acceder en cuestión de segundos a consejos sobre nutrición, ejercicio, descanso, belleza y hábitos saludables. Esta democratización de la información tiene aspectos positivos, pero también plantea un problema cada vez más evidente: no todo el contenido relacionado con la salud está basado en evidencia científica ni procede de profesionales cualificados.

En el ámbito de la nutrición y las redes sociales, esta situación resulta especialmente relevante. Todos comemos y, por tanto, todos podemos tener una opinión sobre alimentación. Sin embargo, compartir una experiencia personal o una receta no es lo mismo que proporcionar información sanitaria. El problema aparece cuando determinados perfiles presentan sus hábitos como la única manera correcta de alimentarse y asocian la alimentación saludable con un determinado tipo de cuerpo.

El concepto de wellness ha ampliado todavía más este fenómeno. Bajo esta etiqueta encontramos contenidos relacionados con alimentación, ejercicio, sueño, autocuidado, belleza, journaling y todo tipo de prácticas destinadas a alcanzar una supuesta vida más saludable. En este escaparate digital conviven recomendaciones respaldadas por la evidencia con prácticas de eficacia dudosa. Para el usuario, distinguir unas de otras no siempre resulta sencillo.

Alimentación saludable y redes sociales

Un análisis de 300 vídeos publicados en TikTok e Instagram, seleccionados mediante los hashtags #healthylife, #nutrition y #cleaneating, permite observar algunas de las características de este tipo de contenido. Los vídeos analizados estaban principalmente dirigidos a mujeres y mostraban cómo determinados mensajes sobre nutrición se relacionan con el cuerpo, el ejercicio y la idea de autocuidado.

Según los datos recogidos en el estudio, el 67,3 % de los vídeos enfatizaba la alimentación sana, mientras que el 75,3 % mostraba o recomendaba suplementos o superalimentos. Además, un 28,7 % incorporaba reglas o restricciones alimentarias, un 19,7 % utilizaba lenguaje moral y un 16 % recurría a mensajes relacionados con el miedo o la evitación.

Hablar de alimentación saludable no constituye por sí mismo un problema. La cuestión está en cómo se construye el concepto de salud y qué mensaje recibe la persona que consume ese contenido.

Con frecuencia, la alimentación saludable aparece vinculada a un único ideal corporal: un cuerpo delgado, definido y trabajado. La imagen se convierte así en una especie de prueba visual de que el método funciona. La ropa deportiva, los abdominales visibles, los cuerpos musculados y las fotografías cuidadosamente preparadas forman parte del mensaje.

El resultado es una asociación peligrosa: si comes bien, entrenas correctamente y eres disciplinado, tendrás determinado cuerpo. Por extensión, quien no tiene ese cuerpo puede interpretar que no está haciendo suficiente esfuerzo.

La moralización de la comida

Otro de los aspectos que merece especial atención es el lenguaje utilizado para hablar de alimentación. Expresiones como «comida limpia», «comida real», «alimentos buenos» o «alimentos malos» pueden parecer inofensivas, pero contribuyen a establecer una clasificación moral de lo que comemos.

Cuando determinados alimentos son presentados como prohibidos, basura, comida chatarra o elecciones que deberían evitarse a toda costa, comer deja de ser simplemente una necesidad biológica, social y placentera. La alimentación puede convertirse en una prueba permanente de disciplina.

Incluso cuando se permite comer determinados productos, a menudo aparece una justificación. Se puede comer pizza porque «también hay que cuidar la salud mental» o tomar una tarta porque es un cumpleaños. El problema es que incluso el placer necesita ser justificado.

Una relación saludable con la alimentación debería permitir comer por múltiples razones: hambre, placer, cultura, convivencia, tradición, curiosidad o simplemente porque apetece. No todas nuestras decisiones alimentarias tienen que demostrar disciplina.

El papel de los suplementos y los superalimentos

Los suplementos y los llamados superalimentos también ocupan un espacio importante dentro del contenido de wellness. Su presencia constante puede generar la impresión de que mantener una alimentación saludable requiere consumir productos específicos o seguir rutinas complejas.

Sin embargo, una alimentación equilibrada no debería depender de una lista interminable de productos, polvos o suplementos. La recomendación de estos productos debe contextualizarse y, especialmente cuando hablamos de salud, debería proceder de profesionales cualificados y basarse en necesidades reales.

El problema de las redes sociales es que una recomendación puede adquirir apariencia de autoridad simplemente porque quien la publica tiene miles o millones de seguidores.

Ejercicio, compensación y cuerpo ideal

La relación entre alimentación y ejercicio es otro elemento central de estos contenidos. El ejercicio puede presentarse como una obligación moral o como una herramienta para compensar aquello que hemos comido.

Este planteamiento transforma la actividad física en una especie de moneda de cambio: si comemos algo considerado «poco saludable», tenemos que entrenar para compensarlo. De esta manera, el ejercicio deja de estar relacionado exclusivamente con el disfrute, la salud, la movilidad o el bienestar y pasa a estar al servicio de la apariencia corporal.

El estudio analizado señala que un 10,1 % de los contenidos mostraba ejercicio compensatorio o excesivo, mientras que un 8 % presentaba el ejercicio como una obligación moral. Además, el fitness aparecía vinculado a una lectura estética con mayor frecuencia en Instagram que en TikTok.

¿Quién está detrás de la información nutricional?

Uno de los datos más relevantes del análisis está relacionado con la cualificación de los creadores de contenido. Según los resultados recogidos, el 78 % de los creadores no tenía una cualificación reconocida relacionada con salud, fitness o nutrición, frente a un 22 % que sí contaba con certificaciones o cualificaciones relacionadas.

Además, el estudio consideró que un 68 % del contenido era engañoso o fraudulento, mientras que el contenido considerado veraz representaba el 15,3 % en TikTok y el 11,3 % en Instagram.

Estos datos ponen sobre la mesa una cuestión fundamental: ¿por qué consideramos fiable una determinada cuenta?

Tener seguidores, una buena estética, un cuerpo normativo, una comunicación cercana o una gran capacidad para crear vídeos atractivos no equivale a tener conocimientos profesionales en nutrición. Las redes sociales premian el contenido que genera interacción, pero la popularidad no es sinónimo de evidencia científica.

Redes sociales, imagen corporal y relación con la comida

El verdadero riesgo de determinados contenidos no está únicamente en que una recomendación nutricional sea incorrecta. También está en el modelo de relación con la comida y con el propio cuerpo que puede transmitir.

Cuando la alimentación está llena de reglas, prohibiciones, compensaciones y categorías morales, puede resultar cada vez más difícil comer con libertad. Si además se presenta un único tipo de cuerpo como representación visual de la salud, las personas que no encajan en ese modelo pueden experimentar insatisfacción corporal o sentir que están fallando.

Por eso es importante cuestionar la idea de que existe una única forma de estar sano. La salud no tiene un cuerpo único, una talla determinada ni una alimentación idéntica para todo el mundo.

Aprender a consumir información sobre nutrición

Frente a esta realidad, desarrollar pensamiento crítico resulta fundamental. Antes de seguir un consejo nutricional visto en Instagram o TikTok conviene preguntarse quién lo proporciona, qué formación tiene, en qué evidencia científica se basa y si está intentando informar o vender un producto, método o estilo de vida.

También es importante desconfiar de los mensajes excesivamente categóricos: «nunca comas esto», «este alimento es tóxico», «elimina estos cinco productos», «haz este ayuno», «este suplemento cambiará tu vida» o «si quieres conseguir este cuerpo, tienes que hacer esto».

La alimentación saludable no debería convertirse en una competición de perfección.

Las redes sociales pueden ser una herramienta fantástica para divulgar información sobre nutrición y salud. El problema aparece cuando confundimos popularidad con conocimiento, apariencia con salud y restricción con autocuidado.

Quizá el verdadero objetivo no debería ser aprender a comer exactamente como alguien que vemos en una pantalla, sino aprender a construir una relación flexible, suficiente y tranquila con la comida y con nuestro cuerpo.

Porque comer sano no debería significar vivir pendiente de las reglas, sentir culpa por comer determinados alimentos o perseguir un único modelo corporal. Y, sobre todo, nuestra salud no debería depender de lo que alguien con miles de seguidores diga en un vídeo de treinta segundos.

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Azahara Nieto

Dietista-nutricionista especializada en alimentación consciente, trastornos de la conducta alimentaria y nutrición clínica vegetariana. Fundadora de Se come como se vive, donde ayuda a mejorar la relación con la comida desde un enfoque no pesocentrista y con perspectiva de género.

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