Trastornos de la conducta alimentaria y problemas digestivos: ¿qué relación existe?

Cada vez hablamos más de SIBO, microbiota intestinal, hinchazón abdominal, distensión e inflamación. Sin embargo, todavía tendemos a abordar la salud digestiva y la salud mental como si fueran ámbitos independientes. Y no lo son. Nuestro organismo funciona como un todo, en el que los procesos físicos, psicológicos y emocionales están profundamente relacionados.

Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y los problemas digestivos mantienen una relación bidireccional: los TCA pueden provocar o agravar síntomas gastrointestinales, pero las dificultades digestivas también pueden favorecer conductas alimentarias restrictivas y una relación problemática con la comida.

Comprender esta conexión es fundamental para evitar tratamientos que, aunque inicialmente buscan aliviar un síntoma, pueden terminar generando otras dificultades.

¿Los problemas digestivos pueden provocar un trastorno de la conducta alimentaria?

No podemos afirmar que una patología digestiva sea, por sí sola, la causa de un TCA. Los trastornos de la conducta alimentaria son enfermedades multifactoriales en cuyo desarrollo intervienen factores biológicos, psicológicos y sociales.

Entre ellos encontramos la predisposición genética, la adolescencia, las experiencias traumáticas, determinados acontecimientos vitales, las dificultades emocionales, las dietas restrictivas y la presión estética y social.

Sin embargo, esto no significa que debamos ignorar el papel de la salud digestiva.

Cuando una persona experimenta de forma persistente hinchazón abdominal, dolor, náuseas, gases o sensación de plenitud, puede empezar a modificar su alimentación para intentar controlar esos síntomas. Eliminar alimentos, reducir las cantidades, saltarse comidas o seguir pautas dietéticas cada vez más estrictas pueden convertirse en estrategias habituales.

En personas con determinados factores de vulnerabilidad, estas conductas pueden favorecer el desarrollo de una relación problemática con la comida e incluso contribuir al desencadenamiento de un TCA.

Una revisión sistemática publicada por Riedlinger y colaboradores (2020) recoge la elevada presencia de síntomas y complicaciones gastrointestinales en personas con trastornos de la conducta alimentaria, poniendo de manifiesto la importancia de considerar ambas dimensiones en la evaluación clínica.

Dietas restrictivas y salud digestiva: cuando intentar mejorar los síntomas puede convertirse en un problema

Un ejemplo especialmente relevante es la dieta baja en FODMAP, una estrategia nutricional utilizada para mejorar determinados síntomas digestivos, especialmente en personas con síndrome del intestino irritable.

Esta intervención puede ser útil cuando está correctamente indicada y supervisada. Sin embargo, debe plantearse como una estrategia temporal, con una fase de restricción inicial, una posterior reintroducción de alimentos y una personalización de la alimentación según la tolerancia individual.

El problema aparece cuando la fase restrictiva se prolonga durante meses o incluso años.

En algunas personas, el número de alimentos considerados seguros disminuye progresivamente, mientras aumenta el miedo a experimentar molestias digestivas después de comer. La alimentación se vuelve cada vez más limitada y rígida.

Es importante entender que el miedo que mantiene estas restricciones no siempre está relacionado con el peso o la imagen corporal. En ocasiones, el temor principal es sufrir dolor abdominal, gases, hinchazón o cualquier otra molestia gastrointestinal.

De esta manera, comer puede convertirse en una fuente constante de preocupación, anticipación y control.

Por eso, al plantear un tratamiento digestivo, no basta con valorar si consigue reducir los síntomas. También debemos preguntarnos cómo afecta a la relación de la persona con la comida y si puede estar reforzando conductas de evitación o restricción alimentaria.

¿Cómo afectan los trastornos de la conducta alimentaria al aparato digestivo?

La relación también funciona en sentido contrario. Los trastornos de la conducta alimentaria pueden producir diferentes alteraciones gastrointestinales, tanto por los cambios en la ingesta como por las conductas compensatorias asociadas.

Algunos ejemplos son:

Anorexia nerviosa y gastroparesia

La restricción alimentaria y la desnutrición pueden alterar la motilidad gastrointestinal y retrasar el vaciamiento gástrico, favoreciendo la aparición de gastroparesia.

Esto puede provocar sensación de plenitud precoz, hinchazón, náuseas y molestias abdominales. También es frecuente el estreñimiento, relacionado, entre otros factores, con la baja ingesta de alimentos y los cambios en el funcionamiento intestinal.

Trastorno por atracón y molestias digestivas

Los episodios de ingesta de grandes cantidades de comida en un periodo breve pueden producir una marcada distensión abdominal, pesadez, reflujo y dispepsia.

Estas molestias pueden generar malestar físico y emocional, especialmente cuando se acompañan de sentimientos de culpa o pérdida de control relacionados con la alimentación.

Bulimia nerviosa y alteraciones esofágicas

Los vómitos recurrentes pueden favorecer la aparición de reflujo gastroesofágico e irritación de la mucosa esofágica. En algunos casos, pueden producir esofagitis y otras complicaciones digestivas derivadas de las conductas purgativas.

Estos ejemplos muestran que las alteraciones digestivas no deben interpretarse de forma aislada, sino teniendo en cuenta los hábitos alimentarios, el estado nutricional y el contexto psicológico de cada persona.

La importancia de abordar conjuntamente los TCA y la salud digestiva

Cuando hablamos de trastornos de la conducta alimentaria y problemas digestivos, no se trata de determinar qué problema apareció primero, sino de comprender cómo se relacionan y cómo pueden influirse mutuamente.

Una persona con molestias digestivas persistentes puede desarrollar miedo a determinados alimentos y restringir progresivamente su alimentación. A su vez, esa restricción puede alterar la función gastrointestinal, empeorar algunos síntomas y aumentar todavía más el miedo a comer.

Se puede establecer así un círculo difícil de romper.

Por este motivo, los tratamientos digestivos que implican restricciones alimentarias deben valorar especialmente la posible presencia de un TCA o de conductas alimentarias de riesgo. Del mismo modo, en el abordaje de un TCA es importante identificar y tratar las posibles alteraciones gastrointestinales, evitando atribuir automáticamente cualquier síntoma a factores psicológicos.

El objetivo no debería ser únicamente reducir la hinchazón, mejorar el tránsito intestinal o eliminar el dolor abdominal. También es necesario recuperar una alimentación suficiente, variada y flexible, así como una relación más tranquila y segura con la comida.

Salud digestiva y salud mental: el cuerpo no funciona por separado

Los trastornos de la conducta alimentaria y las patologías digestivas nos recuerdan que no podemos tratar el organismo como si estuviera dividido en compartimentos independientes.

Aliviar un síntoma digestivo mediante restricciones cada vez mayores puede terminar comprometiendo la relación con la comida. Del mismo modo, ignorar las molestias gastrointestinales de una persona con un TCA puede dificultar su recuperación.

La clave está en mirar a la persona en su conjunto, comprender su historia, identificar los factores que intervienen en su malestar y plantear un abordaje individualizado e interdisciplinar.

Porque no se trata simplemente de comer para evitar síntomas, ni de tratar el aparato digestivo de forma aislada. Se trata de recuperar la salud sin perder de vista algo fundamental: la relación con la comida también forma parte de la salud.

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Azahara Nieto

Dietista-nutricionista especializada en alimentación consciente, trastornos de la conducta alimentaria y nutrición clínica vegetariana. Fundadora de Se come como se vive, donde ayuda a mejorar la relación con la comida desde un enfoque no pesocentrista y con perspectiva de género.

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