
Victoria’s Secret, la diversidad corporal y el empoderamiento femenino
El desfile de Victoria’s Secret ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre los cánones de belleza, la diversidad corporal y el verdadero significado del empoderamiento femenino. Aunque la marca ha incorporado modelos con cuerpos que se alejan parcialmente de los estándares tradicionales de delgadez, considero que esta representación sigue siendo insuficiente para hablar de una inclusión real. La presencia de dos o tres modelos con cuerpos diferentes no transforma una industria que continúa imponiendo un ideal de belleza femenino basado en la delgadez extrema y la apariencia física.
Durante años, los desfiles de Victoria’s Secret han contribuido a consolidar una imagen muy concreta de cómo debería ser el cuerpo de una mujer. Sus famosas modelos, convertidas en ángeles sobre la pasarela, representan un ideal estético difícil de alcanzar para la mayoría de las mujeres. Por eso, aunque la marca haya comenzado a incorporar cierta diversidad corporal, me cuesta interpretar este cambio como una transformación profunda. Más bien, parece una estrategia para proyectar una imagen de inclusión mientras se mantienen los mismos cánones de belleza que han caracterizado tradicionalmente a la industria.
La diversidad corporal no consiste en incluir excepcionalmente a unas pocas mujeres que se alejan del ideal dominante, sino en aceptar y representar la variedad real de cuerpos que existen. Además, si las prendas no están disponibles en todas las tallas, resulta difícil defender que estamos ante una apuesta auténtica por la inclusión. No basta con mostrar diversidad en la pasarela si después no se ofrece esa misma diversidad a las consumidoras. Cuando la inclusión se limita a la imagen pública, corre el riesgo de convertirse en una herramienta de marketing destinada a mejorar la reputación de la marca sin modificar sus prácticas.
También me preocupa la presión estética a la que se someten las propias modelos para participar en estos desfiles. Los testimonios sobre sus rutinas de alimentación y ejercicio antes de la pasarela muestran hasta qué punto puede llegar la exigencia de presentar un cuerpo extremadamente delgado y definido. Las dietas restrictivas, el entrenamiento intenso y la limitación de líquidos no deberían confundirse automáticamente con hábitos saludables. Es necesario cuestionar las condiciones que llevan a las mujeres a someterse a estas prácticas para ajustarse a un ideal de belleza determinado.
Esta presión no afecta únicamente a las modelos. Aunque sus cuerpos se encuentren en el centro de la industria de la moda, los mensajes que transmiten estos espectáculos también influyen en la percepción que tenemos de nosotras mismas. Se nos enseña, de manera constante, que debemos controlar nuestro peso, corregir nuestras formas y acercarnos a un modelo corporal concreto para resultar atractivas y obtener reconocimiento social. Así, la apariencia física termina convirtiéndose en una medida del valor de las mujeres.
Otro ejemplo de esta exigencia aparece en la representación del posparto. La incorporación de una modelo que ha dado a luz recientemente puede presentarse como una muestra de diversidad, pero ¿qué ocurre si su cuerpo parece haber recuperado rápidamente el aspecto anterior al embarazo? No se nos está mostrando necesariamente la realidad del posparto, sino una nueva expectativa: que el cuerpo femenino borre cuanto antes las huellas de la maternidad.
La sociedad parece aceptar el embarazo siempre que el cuerpo siga respondiendo a determinados ideales estéticos. Durante la gestación, las mujeres reciben comentarios sobre su peso y su apariencia; después del parto, se espera que recuperen rápidamente su figura anterior. A las mujeres gordas se las vigila para que no engorden demasiado, supuestamente por motivos de salud, mientras que a todas, independientemente de su constitución, se les exige que la barriga desaparezca tras dar a luz. Parece que nos incomoda que la maternidad deje huellas visibles en nuestros cuerpos.
No nos gusta demasiado el posparto real, con sus tiempos, sus cambios físicos y sus diferencias individuales. Nos resulta más cómodo contemplar una imagen en la que sabemos que ha habido un embarazo porque la mujer nos lo cuenta, pero no porque su cuerpo muestre señales de ello. De esta manera, bajo la etiqueta de la diversidad, seguimos reproduciendo el mismo ideal de siempre: mujeres cuyos cuerpos no deben dejar rastro de la maternidad. Por eso me pregunto si realmente podemos llamar diversidad a esta representación.
También considero necesario reflexionar sobre las estructuras de poder que existen detrás de la industria de la moda. La historia empresarial de Victoria’s Secret y la relación de Leslie Wexner con Jeffrey Epstein plantean interrogantes sobre quién controla los recursos, quién concede oportunidades profesionales y qué relaciones de poder condicionan la imagen pública de las mujeres. Sin atribuir responsabilidades penales que no estén acreditadas, creo que debemos preguntarnos quién toma las decisiones en estas industrias y en qué condiciones se construyen las oportunidades de las mujeres que desean triunfar profesionalmente.
Pero hay una cuestión que me preocupa especialmente: ¿por qué el empoderamiento femenino parece pasar tantas veces por mostrarnos en ropa interior o con la menor cantidad de ropa posible? ¿Por qué seguimos confundiendo la libertad de exhibir nuestros cuerpos con el acceso al poder? Mostrar el cuerpo puede ser una decisión libre y legítima, pero no considero que esa exposición constituya, por sí misma, una conquista feminista.
La libertad individual no está en cuestión. Cada mujer debe poder decidir cómo vestirse, cómo mostrarse y cómo vivir su sexualidad sin ser juzgada por ello. Lo que me pregunto es por qué determinadas formas de exposición se presentan automáticamente como emancipadoras, como si la liberación femenina consistiera en poder enseñar más piel, aunque la mirada ajena y el atractivo físico continúen ocupando el centro de nuestra valoración social.
Aquí cobra importancia el concepto del mito de la libre elección, asociado a la pensadora feminista Ana de Miguel. No se trata de negar nuestra capacidad para decidir, sino de analizar el contexto social, cultural y económico en el que tomamos nuestras decisiones. Debemos preguntarnos hasta qué punto nuestros deseos están condicionados por los modelos de feminidad que se nos presentan como deseables y por una industria que obtiene beneficios económicos de nuestra preocupación por la apariencia.
A mí me gustaría que el empoderamiento femenino, o, mejor aún, el acceso real de las mujeres al poder, pasara por cuestiones mucho más importantes que nuestra imagen física. Hablo de la igualdad salarial, de los currículums ciegos, de la igualdad de oportunidades y de la eliminación de las barreras que todavía dificultan nuestro acceso a puestos de responsabilidad. Hablo de garantizar nuestros derechos y de evitar que tengamos que luchar constantemente para conservar libertades que creíamos conquistadas.
También considero fundamental defender nuestra autonomía corporal, el derecho a decidir sobre nuestra reproducción y nuestra sexualidad, y la protección de los derechos reproductivos, incluido el aborto. El verdadero empoderamiento debe permitirnos tomar decisiones sobre nuestras vidas sin que nuestro valor dependa de nuestra apariencia, de nuestro atractivo o de la aprobación de los demás.
Eso sí sería empoderamiento: tener independencia económica, capacidad de decisión, libertad real y poder sobre nuestras propias vidas. Poder ocupar espacios de responsabilidad sin sentir que tenemos que convertir nuestros cuerpos en escaparates. Ser reconocidas por nuestras capacidades, nuestros conocimientos y nuestras aportaciones, y no por nuestra capacidad para ajustarnos a un ideal estético impuesto.
Por todo ello, no considero que el desfile de Victoria’s Secret sea necesariamente un ejemplo de diversidad corporal y empoderamiento femenino por el simple hecho de incorporar algunos cuerpos diferentes. Mientras la inclusión sea limitada, la presión estética continúe presente y la apariencia física siga siendo uno de los principales criterios de valoración de las mujeres, tendremos motivos para cuestionar el alcance de ese cambio.
Necesitamos una idea de empoderamiento que vaya más allá de la imagen y que se traduzca en derechos, autonomía, igualdad y oportunidades reales. Porque la libertad no debería medirse por la cantidad de ropa que llevamos, sino por nuestra capacidad para decidir sobre nuestras vidas y participar plenamente en la sociedad sin estar sometidas a las exigencias de un ideal de belleza.
Si creemos que este desfile representa por sí solo la diversidad corporal y el empoderamiento femenino, corremos el riesgo de confundir una estrategia comercial con una transformación social. El feminismo nos invita precisamente a mirar más allá de la imagen, cuestionar las estructuras que perpetúan la desigualdad y construir una sociedad en la que las mujeres podamos ser valoradas por lo que somos y hacemos, y no únicamente por cómo nos vemos.