
La relación con la comida y el cuerpo se construye en casa (mucho antes de que nos demos cuenta)
Palabras clave: vínculo familiar y alimentación, relación con la comida en la infancia, percepción corporal infantil, presión estética en niñas, alimentación saludable sin restricción, prevención TCA, educación alimentaria en casa, autorregulación del apetito, crianza y alimentación.
Cuando hablamos de alimentación infantil, solemos centrarnos en qué comen niñas y niños: fruta, verdura, legumbre, pescado, menos ultraprocesados. Nos preocupamos —con razón— por su crecimiento, su salud y su desarrollo. Sin embargo, con frecuencia descuidamos algo igual o más determinante: cómo aprenden a relacionarse con la comida y con su propio cuerpo.
La educación alimentaria no empieza ni termina en el plato. Empieza en el lenguaje que usamos, en los comentarios que hacemos sobre nuestro cuerpo, en las normas que imponemos alrededor de ciertos alimentos y en el clima emocional que se respira en la mesa. La relación con la comida en la infancia se construye en casa, a través del ejemplo y del modelaje.
Y lo que se aprende en los primeros años deja huella.
La dicotomía “comida buena” vs. “comida mala”: el inicio de la culpa alimentaria
En muchos hogares se habla de “comida basura”, “porquerías”, “comida que engorda” o incluso “comida de gordos”. Sin darnos cuenta, transmitimos una visión moralizada de la alimentación: hay alimentos buenos y alimentos malos. Esta clasificación no solo tiene implicaciones nutricionales, sino también morales.
Cuando un alimento se etiqueta como “malo”, el mensaje implícito es que consumirlo también lo es. Así se siembra una asociación entre comida y culpa. Si además estos comentarios van acompañados de conductas compensatorias (“mañana no ceno”, “esto lo quemo luego en el gimnasio”), niñas y niños aprenden que ciertos alimentos solo pueden consumirse pagando un precio.
Desde la psicología de la alimentación sabemos que la restricción estricta aumenta el deseo. Cuando algo se prohíbe, se vuelve más atractivo. De hecho, diferentes investigaciones han demostrado que las prohibiciones rígidas favorecen un mayor consumo posterior de alimentos energéticamente densos, especialmente cuando el menor tiene acceso a ellos fuera del entorno familiar.
La consecuencia no es que desaparezcan esos alimentos, sino que se consuman con mayor intensidad y acompañados de vergüenza.
Estilos parentales y conducta alimentaria infantil: qué dice la evidencia
La investigación científica respalda lo que muchas profesionales observamos en consulta. Un estudio publicado en BMC Psychology en 2022 analizó la relación entre estilo parental y comportamiento alimentario en niños en edad preescolar y encontró que los progenitores con una alimentación saludable pero no restrictiva favorecían una relación más equilibrada con la comida en sus hijos.
En cambio, los estilos basados en presión, control o restricción estricta se asociaban con:
- Menor capacidad de autorregulación del apetito
- Mayor preferencia por alimentos densos en energía
- Uso de la comida como regulador emocional
Otro estudio publicado en Maternal and Child Health Journal en 2023 encontró resultados similares: la presión para comer, el control excesivo o la prohibición influyen negativamente en la capacidad de los menores para escuchar sus señales internas de hambre y saciedad.
Es decir, cuando intervenimos constantemente desde el control, dificultamos que desarrollen una autorregulación del apetito saludable, que es una habilidad clave para una alimentación equilibrada a largo plazo.
Los primeros cinco años: una etapa decisiva
Durante los cinco primeros años de vida se establecen preferencias, rechazos y patrones que pueden mantenerse hasta la edad adulta. También se consolidan actitudes hacia la actividad física y la comida.
En este contexto, la figura materna suele desempeñar un papel central. No porque “deba” hacerlo, sino porque socialmente las mujeres continúan asumiendo la mayor parte de la responsabilidad alimentaria en el hogar. Además, las mujeres están atravesadas por una presión estética mayor, lo que influye en su propia relación con el cuerpo y la comida.
No se trata de culpabilizar, sino de tomar conciencia del impacto del modelaje. Las niñas y los niños no aprenden solo de lo que les decimos; aprenden de lo que hacemos y de cómo nos tratamos.
Si una madre habla constantemente de su deseo de adelgazar, critica su cuerpo frente al espejo o se salta comidas para “compensar”, el mensaje cala. Y cala profundo.
Percepción corporal infantil: la vergüenza también se aprende
Nadie nace odiando su cuerpo. La percepción corporal infantil se construye en interacción con el entorno. Cuando los adultos señalan partes del cuerpo, comentan el peso o hacen bromas sobre el tamaño, introducen la idea de que el cuerpo debe ser observado, evaluado y corregido.
Así comienza la monitorización corporal: mirarse, compararse, medirse. Con el tiempo, esto puede transformarse en inseguridad, ocultación o intentos de modificar el cuerpo.
La prevención de trastornos de la conducta alimentaria (TCA) empieza mucho antes de la adolescencia. Empieza cuando dejamos de comentar cuerpos ajenos. Cuando evitamos hablar mal del nuestro. Cuando dejamos de reforzar la apariencia como principal fuente de valor.
La neutralidad corporal no significa negar la existencia del cuerpo, sino dejar de convertirlo en proyecto. El cuerpo no es algo que deba mejorarse para gustar; es el lugar desde el que vivimos.
Alimentación saludable sin restricción: el equilibrio realista
Promover una alimentación saludable no implica prohibir tajantemente ciertos alimentos. Significa ofrecer variedad, disponibilidad de alimentos nutritivos y un contexto estructurado, pero flexible.
Algunas claves prácticas:
- Evitar etiquetas morales sobre la comida.
- No utilizar la comida como premio o castigo.
- Sentarse a comer en familia siempre que sea posible.
- Comer los mismos alimentos que ofrecemos a los menores.
- Permitir la presencia ocasional de alimentos más energéticos sin dramatizarlos.
Cuando los alimentos menos nutritivos se integran de forma ocasional y normalizada, pierden su halo de “prohibido”. Y cuando dejan de ser prohibidos, dejan de ser objeto de obsesión.
La evidencia muestra que cuanto mayor es la restricción, mayor suele ser el consumo posterior. La flexibilidad, en cambio, favorece una relación más tranquila y sostenible.
La mesa como espacio de vínculo, no de batalla
La alimentación no es solo nutrición; es vínculo familiar. Las comidas pueden ser espacios de conexión, conversación y disfrute compartido. O pueden convertirse en escenarios de tensión, negociación y conflicto.
Cuando cada comida se transforma en una lucha (“cómete eso”, “si no terminas, no hay postre”), se pierde la oportunidad de que la mesa sea un lugar seguro.
Crear un entorno estructurado pero amable ayuda a que niñas y niños desarrollen autonomía progresiva, aprendan a identificar sus señales internas y asocien la comida con bienestar, no con presión.
Otro elemento clave en la construcción de la percepción corporal es el tipo de reconocimiento que ofrecemos. Si el elogio se centra casi exclusivamente en la apariencia (“qué guapa estás”, “qué delgada te veo”), el mensaje implícito es que el valor reside en el físico.
Cambiar el foco de los halagos: del físico a los valores
Necesitamos ampliar el foco hacia cualidades como la valentía, la empatía, la creatividad, el respeto o el esfuerzo. Estos mensajes construyen autoestima sólida y menos dependiente de la imagen corporal.
Esto es especialmente importante en niñas, que crecen bajo una presión estética mayor y que, con demasiada frecuencia, convierten su cuerpo en proyecto vital. El coste emocional de esa exigencia es alto.
Conclusión: educar en alimentación es educar en relación
Hablar de vínculo familiar y alimentación es hablar de algo mucho más profundo que los nutrientes. Es hablar de identidad, de autoestima, de regulación emocional y de prevención de problemas futuros.
No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de hacerlo consciente.
Si queremos que nuestras hijas e hijos crezcan con una relación sana con la comida y con su cuerpo, necesitamos revisar la nuestra. Cambiar el lenguaje. Reducir la moralización. Practicar la neutralidad corporal. Comer sin culpa.
Porque la relación con la comida no se hereda genéticamente.
Se aprende.
Y casi siempre empieza en casa.


