Serena Williams ha sido noticia recientemente, no por sus logros deportivos, sino por convertirse en la imagen de una campaña publicitaria de la farmacéutica Ro, que comercializa análogos de la GLP-1, medicamentos utilizados inicialmente para tratar la diabetes tipo II, pero que en los últimos años se han popularizado por sus efectos en la pérdida de peso. Entre los más conocidos están Ozempic y Wegovy, dos fármacos que han revolucionado la conversación sobre el cuerpo, la estética y la salud.
El caso de Serena ha generado un gran debate: ¿qué significa que una de las deportistas más exitosas de la historia, con 23 títulos de Grand Slam y cuatro oros olímpicos, promocione un medicamento para adelgazar? ¿Dónde quedan los límites éticos en una sociedad que relaciona delgadez con éxito, belleza y salud?
La campaña de Ro y el cuerpo de Serena Williams, la narrativa de la empresa es clara: vender una historia de superación personal. Serena, una mujer reconocida mundialmente por su disciplina, su fuerza física y mental, y su trayectoria deportiva impecable, encaja a la perfección como símbolo aspiracional. El mensaje es seductor: “si incluso alguien como Serena no consigue ser delgada sin ayuda, el medicamento es la solución”.
Sin embargo, detrás de esta estrategia hay una contradicción evidente: Serena siempre ha representado una diversidad corporal poco habitual en el mundo del tenis. Nunca fue la típica jugadora de complexión delgada y estilizada que encaja en el canon estético hegemónico. Su cuerpo fuerte y musculado ha sido cuestionado y criticado constantemente, no solo por no ajustarse a los estándares de belleza, sino también por el racismo estructural que atraviesa a las mujeres negras.
Al sumarse a la campaña de Ro, el mensaje que se transmite no es tanto de salud, sino de sometimiento al canon: adelgazar como requisito de aceptación social.
Serena ha declarado que tras ser madre no había logrado volver a su “peso anterior”. En una sociedad donde a las mujeres se nos exige recuperar la figura inmediatamente después del embarazo, su testimonio refleja la presión que enfrentan millones de madres en todo el mundo. La diferencia está en que Serena cuenta con todos los recursos: alimentación cuidada, entrenadores personales, médicos y psicólogos. Y aun así, decidió recurrir a un medicamento.
Esto refuerza la idea de que el problema no es la falta de disciplina ni de autocuidado, sino el modelo de belleza imposible al que se nos empuja. Un cuerpo que, aunque sano y fuerte, no se ajusta al molde de la delgadez.
Los análogos de la GLP-1, como Ozempic o Wegovy, nacieron como tratamiento para la diabetes tipo II. Sus efectos en la pérdida de peso han sido ampliamente difundidos, pero su uso en personas sanas sigue siendo polémico. Todavía no se conocen los efectos a largo plazo en quienes no padecen diabetes, y, como todo medicamento, conlleva riesgos y efectos secundarios.
La campaña publicitaria de Ro trivializa su consumo, presentándolo casi como un producto cosmético, un simple atajo hacia la delgadez. Este enfoque es problemático porque:
- Normaliza el uso de fármacos sin justificación médica.
- Asocia delgadez con salud, reforzando un mensaje falso y simplista.
- Oculta la desigualdad de acceso, ya que son medicamentos muy caros, reservados para quienes tienen mayor poder adquisitivo.
Que una deportista como Serena promocione un medicamento de este tipo no es algo aislado. La historia nos muestra ejemplos de productos dañinos o cuestionables que han sido avalados por celebridades y atletas: desde suplementos de dudosa eficacia como Herbalife hasta bebidas azucaradas o alcohol.
Lo preocupante aquí es el halo de ejemplaridad que acompaña a Serena. Como figura admirada, su imagen confiere legitimidad a un producto que no está libre de riesgos. Además, la campaña ha sido proyectada en espacios de gran visibilidad como Times Square, el metro de Nueva York o el US Open, amplificando el mensaje en un contexto social donde la delgadez vuelve a ser símbolo de disciplina, éxito y pertenencia a una clase social.
La campaña tiene varias consecuencias que van más allá de la venta de un medicamento:
- Estandarización de los cuerpos. Se refuerza la idea de que todos debemos aspirar a la delgadez, eliminando la diversidad corporal y debilitando los discursos de aceptación.
- Medicalización del cuerpo femenino. El mensaje es que no importa lo fuerte, sana o exitosa que seas: si no eres delgada, tu cuerpo necesita ser corregido con medicación.
- Juego de clase social. Estos medicamentos no son accesibles para todos; la delgadez se convierte en un símbolo de estatus, poder y dinero.
- Impacto en la infancia y adolescencia. La publicidad aspiracional llega también a los más jóvenes, transmitiéndoles que la delgadez es un requisito de valor personal.
Lo más peligroso de esta campaña es el mensaje subyacente: que ser delgada equivale a estar sana y tener éxito. Esto es falso. Serena Williams era, sin duda, una mujer sana, fuerte y capaz, aunque su cuerpo no se ajustara al canon estético.
La salud no se mide en kilos ni en tallas. Convertir la delgadez en un proyecto vital y en un atajo hacia la aceptación social no solo es injusto, sino dañino. Refuerza la idea de que las mujeres nunca somos suficientes y que siempre necesitamos corregir, moldear o reducir nuestro cuerpo para encajar.
La campaña de Serena Williams y Ro no es simplemente un anuncio. Es un reflejo de cómo opera la industria de la pérdida de peso: primero nos crea inseguridades y luego nos vende, bajo la promesa de soluciones rápidas, productos que no necesitamos.
La delgadez no debería ser un objetivo universal, ni mucho menos un sinónimo de salud. Lo que necesitamos no son más medicamentos ni mensajes que nos digan cómo deberíamos vernos, sino un cambio profundo en la forma en que la sociedad valora los cuerpos.
Aceptar la diversidad corporal, cuestionar los mandatos estéticos y dejar de mercantilizar el cuerpo de las mujeres son pasos urgentes hacia una salud real, más allá de la báscula.
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Un abrazo
Azahara