
La nueva pirámide nutricional de Estados Unidos, presentada recientemente por el Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS), ha generado un notable debate dentro y fuera del sector de la nutrición. Este modelo, que llega bajo el paraguas político del movimiento MAHA (Make America Healthy Again) impulsado durante el mandato de Trump, se presenta como una pirámide invertida. Sin embargo, más allá de su forma, el contenido de la guía sugiere un cambio de prioridades alimentarias que ha encendido las alarmas por su falta de evidencia científica y sus potenciales conflictos de interés.
Aunque su diseño pueda sugerir que se reorganizan los grupos de alimentos, la propuesta va mucho más allá de una simple reestructuración visual. En realidad, se distancia considerablemente de las recomendaciones de instituciones reconocidas como la American Heart Association, la World Health Organization, la Academy of Nutrition and Dietetics y el propio Dietary Guidelines Advisory Committee (DGAC), comité asesor oficial encargado de revisar la evidencia para elaborar las guías nutricionales del país.
Este nuevo modelo se alinea con las opiniones de autores como Frederic Leroy y el Dr. Ty Beal, cercanos a posturas que priorizan alimentos de origen animal por encima del patrón alimentario basado en plantas recomendado por la comunidad científica internacional. De hecho, aunque la guía declara promover alimentación real y menos procesada, omite aspectos cruciales de salud pública como la accesibilidad económica a alimentos saludables, un punto clave en un país con profundas brechas sociales y nutricionales.
📍 Una guía ideológica más que científica
El impacto político y económico sobre la pirámide nutricional estadounidense resulta evidente. La guía incorpora discursos de apoyo explícito a ganaderos y agricultores norteamericanos, y se refleja visualmente en el protagonismo de alimentos de origen animal frente a alimentos vegetales, pese a décadas de investigación que señala efectos adversos del consumo elevado de grasas saturadas, carne roja y lácteos.
En el terreno de las proteínas, la pirámide recomienda cantidades significativamente superiores a las guías oficiales: entre 1,2 y 1,6 g/kg de peso corporal para población general, cuando la evidencia respalda que 0,8 g/kg resulta suficiente para personas adultas sin altos requerimientos deportivos. Además, promueve su presencia en cada comida diaria, sin respaldo sólido que justifique la recomendación.
Mientras tanto, las legumbres y proteínas vegetales quedan relegadas visual y simbólicamente, ocupando posiciones mínimas dentro del esquema, en contraposición con modelos como el Plato de Harvard o guías nacionales como las de Canadá, que priorizan la proteína vegetal por sostenibilidad, salud cardiovascular y accesibilidad.
🥛 Lácteos y grasas: más industria que ciencia
Otro de los ejes polémicos es el impulso al consumo de lácteos diarios, pese a que no existe evidencia que los considere imprescindibles para cubrir necesidades nutricionales, especialmente de calcio. Existen alternativas vegetales —como frutos secos, semillas y verduras de hoja verde— avaladas científicamente, pero apenas se mencionan.
En cuanto a las grasas dietéticas, la pirámide concede un espacio considerable a fuentes animales como mantequilla, carne y sebo, reforzando un patrón asociado a mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, según instituciones como la American Heart Association. Aun así, la guía mantiene una recomendación genérica de limitar las grasas saturadas al 10 % del consumo calórico, creando un mensaje confuso entre discurso visual y contenido.
🍎 Frutas, verduras y cereales: bien en el papel, mal en el dibujo
El texto señala un consumo adecuado de frutas y verduras —dos raciones de vegetales y tres piezas de fruta—, pero su ubicación periférica dentro del gráfico resta fuerza al mensaje. Lo mismo ocurre con los cereales integrales, recomendados entre 2 y 4 raciones diarias, pero situados en un espacio que sugiere consumo ocasional.
🌍 Una mirada hacia atrás
Más que una nueva propuesta basada en ciencia y salud pública, esta pirámide nutricional americana parece una vuelta a patrones de alimentación centrados en productos animales y grasas saturadas, dejando de lado décadas de consenso científico global. Ignora además el impacto climático de estos modelos dietéticos, priorizando intereses económicos e industriales por encima de estrategias de salud poblacional.
Las críticas del propio DGAC, cuyos análisis han sido desestimados para elaborar esta guía oficial, subrayan el problema: la pirámide nutricional de Estados Unidos prioriza política e industria sobre ciencia.
En última instancia, la presentación de esta guía recuerda que la alimentación es una cuestión profundamente política. Lo que se pone cada día en el plato no solo afecta a la salud individual; moldea sistemas productivos, políticas públicas y el futuro de un país entero.


